Los ojos que observan

Cada persona ve el mundo de forma diferente. Contemplar una obra de arte, observar un paisaje, dar un paseo o hacer la descripción del interior de una casa con otra persona, pueden hacerte comprender la diferencia que hay en la mente que observa. Cada persona da mayor relevancia a unas cosas u otras dependiendo de cómo entienda el mundo que le rodea.
Por ello, cuando iniciamos una intervención, es importante que se ajuste a lo que es importante para la persona. Para ello, en Terapia Ocupacional, contamos con el trabajo desde los valores de la persona. Sólo lo que uno considera significativo e importante será un logro en su vida ocupacional.
Trabajar desde los valores nos ayuda a conectar con la verdadera esencia del que tenemos enfrente.
Desconozco la procedencia de la imagen pero me encanta.
 

Spin-off

Salimos del año en el que nada salió como esperábamos para meternos en lo que será un spin-off del mismo desastre. Menos mal que nos sigue quedando caminar al sol como regalo del universo, cuando no hace un aire del infierno o Filomena no ataca de nuevo. Porque no me digáis que menudo inicio de año…Habrá personas que han disfrutado mucho de la nieve perenne de las aceras pero yo no puedo afirmar que haya sido una de ellas. Vamos que ni para tirar bolas, ya les dije yo a mis amigas que se fueran ellas que yo pasaba de la nieve. Lo único bueno que saqué fue un mini muñeco que hice con mi madre en el patio y nos sacó alguna que otra risa. Y es que Filomena me dio varios dolores de cabeza. Porque ver caer nieve es bonito, pero si a esto sumamos varias aventuras obligadas durante el temporal, pues se crea una extraña mezcla de emociones que te hacen dudar hasta el infinito y más allá sobre qué hacer o no hacer. En este tiempo he estado en varios lugares, así que se puede decir que no he estado en ninguno. Maleta para arriba y para abajo. Mi casa, casa del pueblo con papá, mamá y cuatro gatos adoptados y hoteles. Buena mezcla para empezar de una forma dinámica un nuevo trabajo. Y con él, nuevos retos y no pequeños, que me ha tocado ser mi propia Terapeuta Ocupacional. Y eso no se ve mucho. La famosa foto de la firma de la plaza no fue el día esperado (caos ven a mí y abrazame fuerte…) así que no pude fotografiarme con el outfit que tenía pensado (aunque mejor porque hizo un día horrible y mi cara parecía la del Joker). Todo el mundo dice que ese instante es una tontería, pero aunque fuera lo más cutre del mundo, no os podéis imaginar hasta qué punto, lo viví con de algo ilusión. Ahora soy valoradora de dependencia, no sé si va con mayúsculas o no porque es la primera vez que lo escribo. Qué raro suena cuando me preguntan y lo digo en voz alta. Como cuando hace años decía Terapeuta Ocupacional y mi lengua no sabía ni qué decía. He abandonado el uniforme blanco y me he enfundado en un abrigo impermeable al que obsesivamente le echo un spray de alcohol. He vuelto a las casas. Las casas me encantaban. Esa oscuridad lúgubre tan característica de algunas de ellas, esos escalones incomprensibles para pasar de una habitación a otra, esos cuartos de baño al final de la casa cruzando un patio y esas “adaptaciones caseras” más cercanas a la grima que a lo correcto. Maravillas de La Mancha profunda. Y el día se pasa con pequeñas grandes historias en poco tiempo, que te muestran estilos de vida tan diferentes que ayudan a abrir los ojos y ver que el mundo, señoras y señores, es otra cosa. Aunque lo de ver no se lleva muy bien, porque cada vez que pasas a una casa parece que estás en una sauna porque las gafas de protección se empañan de lo lindo. Por cierto, no les quité el precio de la patilla hasta el quinto día. Llevaré 10 gadgets diferentes para posibles acontecimientos junto a varios ajustes de aparatos por seguridad, eso sí, en una caja muy mona. Ahora da cosica ver los pueblos tan vacíos y tener que ir a gasolineras donde poder hacer una parada en el baño. Ya una se ha acostumbrado a tener siempre en mente las medidas de protección y la cabeza hace un perfecto croquis de cómo hacer las cosas. Reconozco que todo esto ha sido intenso y rozando la locura en alguna ocasión. Con eventos varios sobre acontecimientos inesperados, como el día en el que creía que mi móvil estaba cargando pero no lo estaba. Como siempre, lo mejor, para mí han sido dos cosas. Por un lado la gente que me ha ayudado de una u otra forma. Gracias, sigo teniendo fe en la humanidad (aunque a día de hoy el telediario no lo demuestre). Por otro lado, ahora que practico mucho más el Mindfulness me sorprendo de las películas que se monta mi cabeza dentro de mi propia cabeza con acontecimientos que parecen salir de una peli de Alex de la Iglesia. Por suerte, está bien poner el off y silenciar esas voces, porque, hacerme caso, de lo que piensas a lo que pasa…no sólo hay un mundo, sino que pierdes mucho tiempo de vida en pensar. Demasiado.
Supongo que a partir de ahora mi número de publicaciones caerá en picado porque llevo ya mucho tiempo con la maravillosa experiencia de llevar dos corazones dentro, fantasía en estado puro y es posible que ya no tenga muchas cosas que contar en relación a la Terapia Ocupacional. O quizá sí, porque a saber por dónde me sale esta cabeza que tengo.
Saludos desde ocupacreando.

Y llegó la plaza

Hoy me he acordado de tod@s las personas que habéis estado a mi lado. Los que me animaron a empezar diciéndome cosas que no me creía de mí misma en algún bar, casa, trabajo o andando por la calle. Los que me motivaron a seguir cuando los ánimos se tomaban un respiro entre quinto y quinto. Quién me acompañó antes de cada examen y me llevó de la mano a la puerta gritándome cosas bonitas al pasar. Las que hicieron de contactos virtuales con audios de casi horas comentando cosas de apuntes o exámenes. Las que ayudabáis a recargar mis pilas con planes en los que había que disfrutar al máximo o inventando juegos de fantasía. 

Aunque, en ocasiones, me sentía sola, la confianza externa me envolvía como lo hacía la bata que llevaba todos los días para estudiar los últimos cuatro meses. El no dormir nada antes de una prueba, los madrugones, el quedarme con el depósito casi vacío por no encontrar una gasolinera, los trabajos imprevistos, el quedarme cerca sin conseguir nada y volver a empezar, el comprar libretas de forma compulsiva, el meterme en la página cien mil veces, a ver si sale la siguiente fecha o la nota, el llegar tarde a un nombramiento, mi necesidad imperiosa de ir al baño en situaciones imprevistas, las celebraciones tras el aprobado, el comprar cinco bolis, por si acaso…todo formará parte de mis recuerdos. Pero nada será tan importante como la gran ola de apoyo incondicional que me envolvía gracias a tod@s.
Gracias por creer en mí y ayudarme a que yo creyera y no dejara de hacerlo.

#oposicionesjccm #terapiaocupacional

2020

¿Soy la única que está rodeada de gente que este 2020 está haciendo cambios metamórficos?
Mi número favorito, el de mi cumpleaños, repetido dos veces, se esperaba tan redondo en enero…
Como siempre, nada de lo que pasa por mi cabeza, pasa en la realidad.
Empecé el año con los deberes a medias porque arrastraba una oposición que no acabó hasta marzo. ¿Os suena este mes, verdad? Menos mal que mi motivación hedonista tiró de mí y me hizo comerme el mundo en doce días, porque luego vino lo que vino…
Llegó estar en casa, llegó la inspiración como una ruleta de ocupaciones que se decidían cada día. Llegó el aprobado. Llegaron los balcones. Los vecinos. El vino. Llegó zoom y las reuniones virtuales. Llegaron los disfraces, los cuentos y los brindis a través de pantallas. Llegaron las nuevas formas de hacer las cosas, junto a noticias horribles que nos rompían nuestra coraza de seguridad. Llegó el no saber. Llegó el sentirnos indefensos. La fragilidad.
Llegó el momento en el que tuve que enfrentarme a trabajar en un hospital. ¿Otra maleta? Pero, ¡si no quería trabajar!, pero ¿cómo no voy a irme con todo lo que hay? ¿Y qué me pongo para protegerme? ¿Irme en tren? ¿Dónde me quedo? Todas estas preguntas se contestaron de una, dando lugar a una gran experiencia. Y, entonces, llamada. Otro número largo. Me vuelvo al hospi. A casa. Tan cerca, pero tan lejos, porque todo siempre es temporal. Me despedí con otro reto. Algo desconocido y temido. Con él, llegó la sorpresa de sentirme realizada y de aprender mucho en poco tiempo. Llegó cerrar aquella puerta con nostalgia. Llegó despedirme, pero esta vez de verdad. Llegó el volvernos a ver. Llegó el cierre de mi bar de los jueves. Llegó descansar porque me lo merezco. Llegó la esperada isla de aguas cristalinas. Llegó dejar de lado mi profesión unos meses y ser feliz haciéndolo. Llegó meditar, leer, hacer yoga y pasear. Llegó mirar hacia dentro. Llegó la paz. Llegó cambiar las terrazas por hacer recados. Y, más cambios, no solo por fuera, también por dentro. Llegó sentir cosas que nunca he sentido. Llegó conectar. Llegó el amor hacia lo que no ves pero sientes. Llegó la calma. El sueño. Llegaron cuatro gatos huérfanos a casa de mis padres. Llegó una mudanza. Llegó el poder ver un árbol desde mi ventana. Llegó la no inspiración. Llegó escuchar a mis sobris por la ventana para salir a la calle. Llegó la impaciencia en la espera de los destinos. Llegaron los imprevistos para arrasar con los planes. Llegó la aceptación. Llegó mi cumple, en una versión diferente, pero no menos emocionante gracias a vosotr@s. Os quiero. Llegó el deseado viaje del nombramiento como funcionaria el mismo día que la loteria. Llegó la ilusión por lo nuevo. Y llegó la navidad.
No habrá preuvas en Madrid. Ni fiesta de noche. Ni reuniones en casas. Pero, por suerte, estamos tod@s.
2020, el año del cambio y de la transformación, no imaginaba que podrías quitarme y darme tantas cosas a la vez para volver a hacer un equilibrio perfecto.

Está claro que no te vamos a olvidar. 

Parar

Llevo tiempo sin escribir. Le digo a mucha gente que me estoy dedicando a la vida contemplativa. Contemplo paredes, el olor y la textura de los libros, las hojas del otoño en el suelo del parque, el ruido de los vecinos cuando suben la escalera, mi cuerpo respirando tumbado en la esterilla, el sol rozando mi cara, una obra de arte, el potente sabor de un chocolate caliente de vez en cuando y la cara de mi gata cuando duerme plácidamente en el mismo sitio del sofá.
Hoy mi amiga y yo comentábamos cómo en esta sociedad no se valora a quién no produce y está mal visto tomarse un tiempo para una misma. Ambas sabemos que no es así porque la vida es más que eso.
Yo me pregunto si la gente se ha parado a escuchar el silencio alguna vez sin sentirse culpable. Porque esconde cosas de nosotros mismos que no sabíamos. Y enfrentarse a ello, no es tarea fácil. La introspección, la mayoría de las veces, no tiene las mejores vistas del viaje. Quizá por eso miramos tanto hacia fuera.
Creo que parar nos ayuda a conocernos mejor en este mundo de prisas y de desconexión. Nos ayuda a aceptar, a observar qué pasa dentro y nos puede acercar a nuestros intereses reales.
Buscar un lugar donde apagar el interruptor del mundo externo puede ser difícil para muchas personas.
Por desgracia, este mundo que hemos construido involuntariamente no deja muchos huecos para una observación presente.
Pero siendo conscientes de ello, podemos crear espacios para conectar con uno mismo.
Porque, en esta vida, no hemos venido a correr, como nos quieren hacer creer.
Hemos venido a ser.
Así que, dejemos de vivir cada día de puntillas, pensando “un día más” y empecemos a disfrutar de lo esencial y a ser conscientes de que, en realidad, cada día es un día menos.

La gente somos tod@s

En todos estos meses pandémicos de “nueva normalidad” o, más bien, “nuevo caos” me parece interesante reflexionar sobre quién es “la gente”.
“Es que “la gente” pasa de todo esto” “Es que “la gente” no cumple las medidas” “”La gente” no es consciente de lo que está pasando”
Bueno pues vengo a decir una cosa, como cuando los padres hablan de los reyes magos, la gente soy yo y la gente eres tú.
Es lógico que el llamado sesgo optimista nos haga pensar que lo malo es más probable que le pase a los de alrededor que a uno mismo.
Es posible también que pensemos que nuestros familiares cercanos no van a estar contagiados porque son personas que conocemos.
Es probable que el ver que hay gente que no cumple las medidas nos haga sentir que nosotros si las cumplimos.
¿Somos conscientes de que algunas de estas creencias nos pueden estar engañando y haciéndonos bajar la guardia?
La pandemia ha cambiado rutinas muy establecidas y ha creado nuevos hábitos en muy poco tiempo, tanto a nivel individual, como a nivel social. Estaréis de acuerdo conmigo en que está siendo difícil para todos y todas. Pero es lo que hay, y hay que aceptarlo.
Me parece curioso escuchar las variopintas opiniones sobre la situación. Pero, una de las cosas que más me sorprende es escuchar a gente criticando a gente sin observar un cambio real en sus rutinas.
Y entonces me planteo estas preguntas para poder entender algo:
¿Hasta dónde cambio yo mi vida como persona individual por la sociedad y hasta dónde cambia el otro?
¿Juzgo mis conductas como las conductas del otro?
El cambio de rutinas con la limitación de la vida social es algo que estamos experimentando muchos.
Pero ¿qué cantidad de vida social y ocio inadecuado puedo sacrificar como persona en este momento de mi vida por los demás?
Cada uno tendrá una respuesta. Y así es como cada uno, según sus características personales (edad, momento vital, valores, creencias…) actuará en consecuencia.
Desde mi opinión, pienso que cada uno debe modificar en su vida lo que le haga sentir que está haciendo algún tipo de cambio, esfuerzo o sacrificio por lo que está pasando. Pero un cambio real. No sirve de nada hablar de “la gente” y seguir haciendo cada fin de semana los mismos viajes y los mismos planes que hacías.
Quizá cada uno debería plantearse que si el día de mañana un familiar enferma, no haya sido por algo prescindible. No quiero pensar en cómo se sienten esas personas que lo han vivido de cerca.
¿Qué es prescindible y qué no ahora mismo? Las actividades básicas, el descanso, la educación, el trabajo, el juego, el ocio y la participación social son imprescindibles para que el ser humano tenga un desarrollo ocupacional significativo.
Pero debemos plantearnos que, en este momento, las actividades sociales y de ocio ligadas a posibles contactos sin mascarilla y sin distancia de seguridad deberían ser prescindibles por nuestra salud. O aprender a hacerlas de forma más adecuada.
Volviendo al caso de antes, alguien ha pensado cómo sería su reacción si el día de mañana contagia a su abuela o a su padre. Es triste pensar en culpa ¿verdad? Pero ¿podrías no hacerlo si esto ocurriera?
Da miedo, ¿no crees? No es justo que el miedo te pare.
O quizá en este momento sí. Por el bien de todos y todas.
Desde la parte ocupacional pienso que la respuesta sobre si has cambiado algo o no está en el número de veces que hagas las cosas y el número que antes lo hacías. Es decir la frecuencia de tus conductas ocupacionales. ¿Han disminuido o siguen igual?
Puedes seguir pensando que es “la gente la que no lo hace bien” pero te vuelvo a recordar que tú eres la gente. Así que piensa la parte que te toca en todo esto.
Supongo, que si el día de mañana pasara algo en una familia, la culpabilidad será menor si realmente has modificado tu vida y tus rutinas.
En caso contrario, es posible que ya sea tarde para darte cuenta de que esa “gente” a la que criticabas con ahínco todos estos meses no estaba tan lejos de ti como creías.
Podremos con esto. Pero no sin un esfuerzo real por parte de todos y todas. Un esfuerzo alejado del egoísmo que debe partir del amor, de la compasión, del respeto a lo ajeno y a lo que no tiene nada que ver con nosotros.
Un esfuerzo con conciencia social, por el bien común, por el otro y por el grupo del que todos formamos parte.
Sólo así ganaremos la batalla. Y quizá aprendamos que somos mucho más en conjunto que lo que somos de forma individual.
Una terapeuta ocupacional en pandemia.
Texto: ocupaCreando.

Poderosa

Aunque todos vivimos con incertidumbre, hay días en los que esa sombra desaparece de nuestro lado y nos engaña, haciéndonos sentir poderosos en el mundo.
Como si fuéramos creadores de nuestro camino sin dejar ningún ápice al azar.
Me acostumbré a vivir con incertidumbre desde que tomé la decisión de dejar mi trabajo fijo e irme a la aventura.
Puede que antes.
Desde aquel momento mis brazos se fundieron con ella y crearon lo que soy ahora.
He conocido la incertidumbre con varias caras. Algunas preferiría no haberlas visto. Aunque pienso que esas han sido las más importantes en mi vida.
Tambien, gracias a mí trabajo, he caminado junto a la incertidumbre ajena. Esos: “no sabemos que va a pasar” y los “ya veremos”.
Aprender a vivir con ella es difícil, pero he tenido grandes expertos que me han enseñado que es posible.
La incertidumbre agota. Pero es parte de la vida y hay que aceptarla. Todo cambia, todo se mueve. Todo se coloca.

Blanco y negro

Su pelo canoso se enrollaba en lo alto de su cabeza dibujando un moño minúsculo. No solía recordar algunas cosas, pero cuando me veía sabía que tenía que sacar una carpeta con trabajos de la segunda estantería de aquel mueble gigante del salón. Me enseñaba con una sonrisa las cosas que había estado haciendo desde que llegué la última vez. “A mis años…” decía.
Me gustaba acompañarla por la casa para que me contara dónde tenía sus cosas. No le hacía mucha gracia que le pusiera aquellas pegatinas con dibujos de fuego, galletas y ropa en sus muebles. Pero nunca las quitó.
Me enseñaba las estancias de la casa cada día como si fuera la primera vez.
Ella intentaba esconder que olvidaba las cosas. Yo intentaba organizar aquel caos sin que se notara mucho.
Lo que más le gustaba era sacar su caja de fotos y recordar cosas del pasado. En ese terreno no le ganaba nadie. Siempre decía que aquella caja con doce fotos en blanco y negro era su mayor tesoro.

 

Menos uno

El tambaleo de su cuerpo me hacía estar en tensión detrás de ella cuando andábamos por su casa. Intentaba esconder los ligeros aspavientos que hacían mis manos cuando iba a cruzar algún obstáculo. Una parte de mí pensaba que ella podía hacerlo, pero reconozco que había otra parte que pensaba que debía protegerla si en ese momento ocurría algo inesperado como una caída.
Ella nunca supo de esa otra parte.
Ella solo veía seguridad cuando la miraba. Bromeaba sobre caerse para evitar el miedo que le producía. Como hacemos todos en la vida cuando tememos algo.
Un día me contó que no era capaz de bajar a la cochera y andar por ella sola. Había hecho esto tantas veces en su vida antes del ictus que le daba vergüenza reconocerlo.
Recuerdo lo que me costó que bajara al menos uno.
Recuerdo también que aquella oscuridad inicial en la cochera nos hizo reírnos a las dos porque no sabíamos bien dónde había que dar la luz. Y no es que yo me caracterice por ver muy bien como sabéis.
Ambas conseguimos hacer de ese momento un logro. Sus piernas estaban más tensas que de costumbre, al igual que su brazo que se dejaba llevar por la inercia.
A pesar del pánico y la inseguridad, la motivación y la relación terapeútica pudieron con todos aquellos monstruos.
Y por fin alguien se libero por un momento de sus esposas.
Aquel día aprendí que todos tenemos un menos uno al que bajar.
Por suerte siempre habrá personas dispuestas a apoyarnos en ese camino.
 

Treinta y tres

Son treinta y tres contratos los que me separan de la primera vez que puse un pie en un hospital.
Aún recuerdo cuando soñaba con poder trabajar en uno y lo veía como algo inalcanzable. Porque lo era.
Mi padre me decía que algún día lo haría, pero yo lo veía tan difícil que siempre le decía que eso no iba a ser así.
La primera vez que vi un número largo en la pantalla iba andando por la Plaza Vieja de mi pueblo. Recuerdo la emoción que me entró cuando me dijeron que me llamaban de un hospital para sustituir un mes. Y más aún, cuando me dijeron de qué hospital de trataba.
Hice todo lo posible por coger ese contrato y ese ligero movimiento sólo fue el primero de muchos otros que sacudían mi vida con fuerza con cada número largo que aparecía en mi teléfono. El camino estaba claro. Saber llegar a un sitio, saber adaptarse y saber irse.
Ahora aquí y ahora allí.
Y así han pasado estos últimos años, que no han sido pocos desde aquella primera firma.
En mi mochila guardo tantas cosas que creo que ya no me caben. Me emociono de pensarlo. Y es que, a parte de llevar mis frascos de repuesto de lentillas y algún pintalabios, llevo cosas que no se tocan.
Me he sentido muy querida por muchas personas. ¿Cuántas habrán sido?
Compañeras, compañeros, personas que he tratado en terapia…He perdido la cuenta.
Me habéis dado tanto. No dudéis en que guardaré un trocito de cada una y de cada uno en el rincón de mi memoria.
Porque eso somos, la suma de trozos de personas que pasan por nuestra vida mezclandose con nuestra esencia.
Me he sentido valorada profesionalmente por algunas personas.
Por otras, no tanto. Aprendí muy tarde que no debía demostrar nada a quien no quisiera entender lo que explicaba.
Aprendí también que la base de todo está en creer en las personas que tenemos delante.
Aprendí a darlo todo en cada sitio, aunque no fuera mi sitio.
Aprendí a no decepcionarme por sentirme un número más en un bombo de bolas girando, porque entendí que mi trabajo se mide por otras cosas.
Aprendí a ver los pequeños cambios. Los que muchas personas no ven.
Aprendí que no lo sabía todo.
Aprendí que ayudar a los demás puede hacerle daño a uno mismo si no se sabe gestionar de forma adecuada.
Aprendí a no llorar cuando me despido, no por no sentir pena, sino por sentir felicidad de haber dejado algo de mí ahí dentro.
Hoy cierro esta etapa de mi vida. Una etapa repleta de crecimiento profesional y personal.
Llena de alegrías, pero también de frustraciones.
Una etapa llena de historias de vida y de aprendizajes.
De ganancias y pérdidas.
Cierro la puerta con un bonito lugar lleno de fantasía en el que he conocido gente estupenda. Un lugar en el que la creatividad es tanta que brota por las paredes. Me ha enseñado mucho.
No voy a olvidar esta despedida.
Quizá no sea un adiós y sólo sea un hasta luego. Si algo me ha demostrado la vida es que nunca se sabe qué puede pasar.
De momento, toca parar y dedicarse tiempo a una misma. Me voy con una sonrisa.
Que también es necesario.
Un saludo desde OcupaCreando.