Treinta y tres

Son treinta y tres contratos los que me separan de la primera vez que puse un pie en un hospital.
Aún recuerdo cuando soñaba con poder trabajar en uno y lo veía como algo inalcanzable. Porque lo era.
Mi padre me decía que algún día lo haría, pero yo lo veía tan difícil que siempre le decía que eso no iba a ser así.
La primera vez que vi un número largo en la pantalla iba andando por la Plaza Vieja de mi pueblo. Recuerdo la emoción que me entró cuando me dijeron que me llamaban de un hospital para sustituir un mes. Y más aún, cuando me dijeron de qué hospital de trataba.
Hice todo lo posible por coger ese contrato y ese ligero movimiento sólo fue el primero de muchos otros que sacudían mi vida con fuerza con cada número largo que aparecía en mi teléfono. El camino estaba claro. Saber llegar a un sitio, saber adaptarse y saber irse.
Ahora aquí y ahora allí.
Y así han pasado estos últimos años, que no han sido pocos desde aquella primera firma.
En mi mochila guardo tantas cosas que creo que ya no me caben. Me emociono de pensarlo. Y es que, a parte de llevar mis frascos de repuesto de lentillas y algún pintalabios, llevo cosas que no se tocan.
Me he sentido muy querida por muchas personas. ¿Cuántas habrán sido?
Compañeras, compañeros, personas que he tratado en terapia…He perdido la cuenta.
Me habéis dado tanto. No dudéis en que guardaré un trocito de cada una y de cada uno en el rincón de mi memoria.
Porque eso somos, la suma de trozos de personas que pasan por nuestra vida mezclandose con nuestra esencia.
Me he sentido valorada profesionalmente por algunas personas.
Por otras, no tanto. Aprendí muy tarde que no debía demostrar nada a quien no quisiera entender lo que explicaba.
Aprendí también que la base de todo está en creer en las personas que tenemos delante.
Aprendí a darlo todo en cada sitio, aunque no fuera mi sitio.
Aprendí a no decepcionarme por sentirme un número más en un bombo de bolas girando, porque entendí que mi trabajo se mide por otras cosas.
Aprendí a ver los pequeños cambios. Los que muchas personas no ven.
Aprendí que no lo sabía todo.
Aprendí que ayudar a los demás puede hacerle daño a uno mismo si no se sabe gestionar de forma adecuada.
Aprendí a no llorar cuando me despido, no por no sentir pena, sino por sentir felicidad de haber dejado algo de mí ahí dentro.
Hoy cierro esta etapa de mi vida. Una etapa repleta de crecimiento profesional y personal.
Llena de alegrías, pero también de frustraciones.
Una etapa llena de historias de vida y de aprendizajes.
De ganancias y pérdidas.
Cierro la puerta con un bonito lugar lleno de fantasía en el que he conocido gente estupenda. Un lugar en el que la creatividad es tanta que brota por las paredes. Me ha enseñado mucho.
No voy a olvidar esta despedida.
Quizá no sea un adiós y sólo sea un hasta luego. Si algo me ha demostrado la vida es que nunca se sabe qué puede pasar.
De momento, toca parar y dedicarse tiempo a una misma. Me voy con una sonrisa.
Que también es necesario.
Un saludo desde OcupaCreando.