La gente somos tod@s

En todos estos meses pandémicos de “nueva normalidad” o, más bien, “nuevo caos” me parece interesante reflexionar sobre quién es “la gente”.
“Es que “la gente” pasa de todo esto” “Es que “la gente” no cumple las medidas” “”La gente” no es consciente de lo que está pasando”
Bueno pues vengo a decir una cosa, como cuando los padres hablan de los reyes magos, la gente soy yo y la gente eres tú.
Es lógico que el llamado sesgo optimista nos haga pensar que lo malo es más probable que le pase a los de alrededor que a uno mismo.
Es posible también que pensemos que nuestros familiares cercanos no van a estar contagiados porque son personas que conocemos.
Es probable que el ver que hay gente que no cumple las medidas nos haga sentir que nosotros si las cumplimos.
¿Somos conscientes de que algunas de estas creencias nos pueden estar engañando y haciéndonos bajar la guardia?
La pandemia ha cambiado rutinas muy establecidas y ha creado nuevos hábitos en muy poco tiempo, tanto a nivel individual, como a nivel social. Estaréis de acuerdo conmigo en que está siendo difícil para todos y todas. Pero es lo que hay, y hay que aceptarlo.
Me parece curioso escuchar las variopintas opiniones sobre la situación. Pero, una de las cosas que más me sorprende es escuchar a gente criticando a gente sin observar un cambio real en sus rutinas.
Y entonces me planteo estas preguntas para poder entender algo:
¿Hasta dónde cambio yo mi vida como persona individual por la sociedad y hasta dónde cambia el otro?
¿Juzgo mis conductas como las conductas del otro?
El cambio de rutinas con la limitación de la vida social es algo que estamos experimentando muchos.
Pero ¿qué cantidad de vida social y ocio inadecuado puedo sacrificar como persona en este momento de mi vida por los demás?
Cada uno tendrá una respuesta. Y así es como cada uno, según sus características personales (edad, momento vital, valores, creencias…) actuará en consecuencia.
Desde mi opinión, pienso que cada uno debe modificar en su vida lo que le haga sentir que está haciendo algún tipo de cambio, esfuerzo o sacrificio por lo que está pasando. Pero un cambio real. No sirve de nada hablar de “la gente” y seguir haciendo cada fin de semana los mismos viajes y los mismos planes que hacías.
Quizá cada uno debería plantearse que si el día de mañana un familiar enferma, no haya sido por algo prescindible. No quiero pensar en cómo se sienten esas personas que lo han vivido de cerca.
¿Qué es prescindible y qué no ahora mismo? Las actividades básicas, el descanso, la educación, el trabajo, el juego, el ocio y la participación social son imprescindibles para que el ser humano tenga un desarrollo ocupacional significativo.
Pero debemos plantearnos que, en este momento, las actividades sociales y de ocio ligadas a posibles contactos sin mascarilla y sin distancia de seguridad deberían ser prescindibles por nuestra salud. O aprender a hacerlas de forma más adecuada.
Volviendo al caso de antes, alguien ha pensado cómo sería su reacción si el día de mañana contagia a su abuela o a su padre. Es triste pensar en culpa ¿verdad? Pero ¿podrías no hacerlo si esto ocurriera?
Da miedo, ¿no crees? No es justo que el miedo te pare.
O quizá en este momento sí. Por el bien de todos y todas.
Desde la parte ocupacional pienso que la respuesta sobre si has cambiado algo o no está en el número de veces que hagas las cosas y el número que antes lo hacías. Es decir la frecuencia de tus conductas ocupacionales. ¿Han disminuido o siguen igual?
Puedes seguir pensando que es “la gente la que no lo hace bien” pero te vuelvo a recordar que tú eres la gente. Así que piensa la parte que te toca en todo esto.
Supongo, que si el día de mañana pasara algo en una familia, la culpabilidad será menor si realmente has modificado tu vida y tus rutinas.
En caso contrario, es posible que ya sea tarde para darte cuenta de que esa “gente” a la que criticabas con ahínco todos estos meses no estaba tan lejos de ti como creías.
Podremos con esto. Pero no sin un esfuerzo real por parte de todos y todas. Un esfuerzo alejado del egoísmo que debe partir del amor, de la compasión, del respeto a lo ajeno y a lo que no tiene nada que ver con nosotros.
Un esfuerzo con conciencia social, por el bien común, por el otro y por el grupo del que todos formamos parte.
Sólo así ganaremos la batalla. Y quizá aprendamos que somos mucho más en conjunto que lo que somos de forma individual.
Una terapeuta ocupacional en pandemia.
Texto: ocupaCreando.

Poderosa

Aunque todos vivimos con incertidumbre, hay días en los que esa sombra desaparece de nuestro lado y nos engaña, haciéndonos sentir poderosos en el mundo.
Como si fuéramos creadores de nuestro camino sin dejar ningún ápice al azar.
Me acostumbré a vivir con incertidumbre desde que tomé la decisión de dejar mi trabajo fijo e irme a la aventura.
Puede que antes.
Desde aquel momento mis brazos se fundieron con ella y crearon lo que soy ahora.
He conocido la incertidumbre con varias caras. Algunas preferiría no haberlas visto. Aunque pienso que esas han sido las más importantes en mi vida.
Tambien, gracias a mí trabajo, he caminado junto a la incertidumbre ajena. Esos: “no sabemos que va a pasar” y los “ya veremos”.
Aprender a vivir con ella es difícil, pero he tenido grandes expertos que me han enseñado que es posible.
La incertidumbre agota. Pero es parte de la vida y hay que aceptarla. Todo cambia, todo se mueve. Todo se coloca.

Blanco y negro

Su pelo canoso se enrollaba en lo alto de su cabeza dibujando un moño minúsculo. No solía recordar algunas cosas, pero cuando me veía sabía que tenía que sacar una carpeta con trabajos de la segunda estantería de aquel mueble gigante del salón. Me enseñaba con una sonrisa las cosas que había estado haciendo desde que llegué la última vez. “A mis años…” decía.
Me gustaba acompañarla por la casa para que me contara dónde tenía sus cosas. No le hacía mucha gracia que le pusiera aquellas pegatinas con dibujos de fuego, galletas y ropa en sus muebles. Pero nunca las quitó.
Me enseñaba las estancias de la casa cada día como si fuera la primera vez.
Ella intentaba esconder que olvidaba las cosas. Yo intentaba organizar aquel caos sin que se notara mucho.
Lo que más le gustaba era sacar su caja de fotos y recordar cosas del pasado. En ese terreno no le ganaba nadie. Siempre decía que aquella caja con doce fotos en blanco y negro era su mayor tesoro.

 

Menos uno

El tambaleo de su cuerpo me hacía estar en tensión detrás de ella cuando andábamos por su casa. Intentaba esconder los ligeros aspavientos que hacían mis manos cuando iba a cruzar algún obstáculo. Una parte de mí pensaba que ella podía hacerlo, pero reconozco que había otra parte que pensaba que debía protegerla si en ese momento ocurría algo inesperado como una caída.
Ella nunca supo de esa otra parte.
Ella solo veía seguridad cuando la miraba. Bromeaba sobre caerse para evitar el miedo que le producía. Como hacemos todos en la vida cuando tememos algo.
Un día me contó que no era capaz de bajar a la cochera y andar por ella sola. Había hecho esto tantas veces en su vida antes del ictus que le daba vergüenza reconocerlo.
Recuerdo lo que me costó que bajara al menos uno.
Recuerdo también que aquella oscuridad inicial en la cochera nos hizo reírnos a las dos porque no sabíamos bien dónde había que dar la luz. Y no es que yo me caracterice por ver muy bien como sabéis.
Ambas conseguimos hacer de ese momento un logro. Sus piernas estaban más tensas que de costumbre, al igual que su brazo que se dejaba llevar por la inercia.
A pesar del pánico y la inseguridad, la motivación y la relación terapeútica pudieron con todos aquellos monstruos.
Y por fin alguien se libero por un momento de sus esposas.
Aquel día aprendí que todos tenemos un menos uno al que bajar.
Por suerte siempre habrá personas dispuestas a apoyarnos en ese camino.