Parar

Llevo tiempo sin escribir. Le digo a mucha gente que me estoy dedicando a la vida contemplativa. Contemplo paredes, el olor y la textura de los libros, las hojas del otoño en el suelo del parque, el ruido de los vecinos cuando suben la escalera, mi cuerpo respirando tumbado en la esterilla, el sol rozando mi cara, una obra de arte, el potente sabor de un chocolate caliente de vez en cuando y la cara de mi gata cuando duerme plácidamente en el mismo sitio del sofá.
Hoy mi amiga y yo comentábamos cómo en esta sociedad no se valora a quién no produce y está mal visto tomarse un tiempo para una misma. Ambas sabemos que no es así porque la vida es más que eso.
Yo me pregunto si la gente se ha parado a escuchar el silencio alguna vez sin sentirse culpable. Porque esconde cosas de nosotros mismos que no sabíamos. Y enfrentarse a ello, no es tarea fácil. La introspección, la mayoría de las veces, no tiene las mejores vistas del viaje. Quizá por eso miramos tanto hacia fuera.
Creo que parar nos ayuda a conocernos mejor en este mundo de prisas y de desconexión. Nos ayuda a aceptar, a observar qué pasa dentro y nos puede acercar a nuestros intereses reales.
Buscar un lugar donde apagar el interruptor del mundo externo puede ser difícil para muchas personas.
Por desgracia, este mundo que hemos construido involuntariamente no deja muchos huecos para una observación presente.
Pero siendo conscientes de ello, podemos crear espacios para conectar con uno mismo.
Porque, en esta vida, no hemos venido a correr, como nos quieren hacer creer.
Hemos venido a ser.
Así que, dejemos de vivir cada día de puntillas, pensando “un día más” y empecemos a disfrutar de lo esencial y a ser conscientes de que, en realidad, cada día es un día menos.