Poderosa

Aunque todos vivimos con incertidumbre, hay días en los que esa sombra desaparece de nuestro lado y nos engaña, haciéndonos sentir poderosos en el mundo.
Como si fuéramos creadores de nuestro camino sin dejar ningún ápice al azar.
Me acostumbré a vivir con incertidumbre desde que tomé la decisión de dejar mi trabajo fijo e irme a la aventura.
Puede que antes.
Desde aquel momento mis brazos se fundieron con ella y crearon lo que soy ahora.
He conocido la incertidumbre con varias caras. Algunas preferiría no haberlas visto. Aunque pienso que esas han sido las más importantes en mi vida.
Tambien, gracias a mí trabajo, he caminado junto a la incertidumbre ajena. Esos: “no sabemos que va a pasar” y los “ya veremos”.
Aprender a vivir con ella es difícil, pero he tenido grandes expertos que me han enseñado que es posible.
La incertidumbre agota. Pero es parte de la vida y hay que aceptarla. Todo cambia, todo se mueve. Todo se coloca.

Blanco y negro

Su pelo canoso se enrollaba en lo alto de su cabeza dibujando un moño minúsculo. No solía recordar algunas cosas, pero cuando me veía sabía que tenía que sacar una carpeta con trabajos de la segunda estantería de aquel mueble gigante del salón. Me enseñaba con una sonrisa las cosas que había estado haciendo desde que llegué la última vez. “A mis años…” decía.
Me gustaba acompañarla por la casa para que me contara dónde tenía sus cosas. No le hacía mucha gracia que le pusiera aquellas pegatinas con dibujos de fuego, galletas y ropa en sus muebles. Pero nunca las quitó.
Me enseñaba las estancias de la casa cada día como si fuera la primera vez.
Ella intentaba esconder que olvidaba las cosas. Yo intentaba organizar aquel caos sin que se notara mucho.
Lo que más le gustaba era sacar su caja de fotos y recordar cosas del pasado. En ese terreno no le ganaba nadie. Siempre decía que aquella caja con doce fotos en blanco y negro era su mayor tesoro.

 

Menos uno

El tambaleo de su cuerpo me hacía estar en tensión detrás de ella cuando andábamos por su casa. Intentaba esconder los ligeros aspavientos que hacían mis manos cuando iba a cruzar algún obstáculo. Una parte de mí pensaba que ella podía hacerlo, pero reconozco que había otra parte que pensaba que debía protegerla si en ese momento ocurría algo inesperado como una caída.
Ella nunca supo de esa otra parte.
Ella solo veía seguridad cuando la miraba. Bromeaba sobre caerse para evitar el miedo que le producía. Como hacemos todos en la vida cuando tememos algo.
Un día me contó que no era capaz de bajar a la cochera y andar por ella sola. Había hecho esto tantas veces en su vida antes del ictus que le daba vergüenza reconocerlo.
Recuerdo lo que me costó que bajara al menos uno.
Recuerdo también que aquella oscuridad inicial en la cochera nos hizo reírnos a las dos porque no sabíamos bien dónde había que dar la luz. Y no es que yo me caracterice por ver muy bien como sabéis.
Ambas conseguimos hacer de ese momento un logro. Sus piernas estaban más tensas que de costumbre, al igual que su brazo que se dejaba llevar por la inercia.
A pesar del pánico y la inseguridad, la motivación y la relación terapeútica pudieron con todos aquellos monstruos.
Y por fin alguien se libero por un momento de sus esposas.
Aquel día aprendí que todos tenemos un menos uno al que bajar.
Por suerte siempre habrá personas dispuestas a apoyarnos en ese camino.
 

Treinta y tres

Son treinta y tres contratos los que me separan de la primera vez que puse un pie en un hospital.
Aún recuerdo cuando soñaba con poder trabajar en uno y lo veía como algo inalcanzable. Porque lo era.
Mi padre me decía que algún día lo haría, pero yo lo veía tan difícil que siempre le decía que eso no iba a ser así.
La primera vez que vi un número largo en la pantalla iba andando por la Plaza Vieja de mi pueblo. Recuerdo la emoción que me entró cuando me dijeron que me llamaban de un hospital para sustituir un mes. Y más aún, cuando me dijeron de qué hospital de trataba.
Hice todo lo posible por coger ese contrato y ese ligero movimiento sólo fue el primero de muchos otros que sacudían mi vida con fuerza con cada número largo que aparecía en mi teléfono. El camino estaba claro. Saber llegar a un sitio, saber adaptarse y saber irse.
Ahora aquí y ahora allí.
Y así han pasado estos últimos años, que no han sido pocos desde aquella primera firma.
En mi mochila guardo tantas cosas que creo que ya no me caben. Me emociono de pensarlo. Y es que, a parte de llevar mis frascos de repuesto de lentillas y algún pintalabios, llevo cosas que no se tocan.
Me he sentido muy querida por muchas personas. ¿Cuántas habrán sido?
Compañeras, compañeros, personas que he tratado en terapia…He perdido la cuenta.
Me habéis dado tanto. No dudéis en que guardaré un trocito de cada una y de cada uno en el rincón de mi memoria.
Porque eso somos, la suma de trozos de personas que pasan por nuestra vida mezclandose con nuestra esencia.
Me he sentido valorada profesionalmente por algunas personas.
Por otras, no tanto. Aprendí muy tarde que no debía demostrar nada a quien no quisiera entender lo que explicaba.
Aprendí también que la base de todo está en creer en las personas que tenemos delante.
Aprendí a darlo todo en cada sitio, aunque no fuera mi sitio.
Aprendí a no decepcionarme por sentirme un número más en un bombo de bolas girando, porque entendí que mi trabajo se mide por otras cosas.
Aprendí a ver los pequeños cambios. Los que muchas personas no ven.
Aprendí que no lo sabía todo.
Aprendí que ayudar a los demás puede hacerle daño a uno mismo si no se sabe gestionar de forma adecuada.
Aprendí a no llorar cuando me despido, no por no sentir pena, sino por sentir felicidad de haber dejado algo de mí ahí dentro.
Hoy cierro esta etapa de mi vida. Una etapa repleta de crecimiento profesional y personal.
Llena de alegrías, pero también de frustraciones.
Una etapa llena de historias de vida y de aprendizajes.
De ganancias y pérdidas.
Cierro la puerta con un bonito lugar lleno de fantasía en el que he conocido gente estupenda. Un lugar en el que la creatividad es tanta que brota por las paredes. Me ha enseñado mucho.
No voy a olvidar esta despedida.
Quizá no sea un adiós y sólo sea un hasta luego. Si algo me ha demostrado la vida es que nunca se sabe qué puede pasar.
De momento, toca parar y dedicarse tiempo a una misma. Me voy con una sonrisa.
Que también es necesario.
Un saludo desde OcupaCreando.
 

Cada gesto cuenta

Lo que he visto estos últimos días en la sociedad no deja de sorprenderme.
¿Qué pasa por la cabeza de la gente para hacer una fiesta sin mascarillas de más de 200 personas?
¿Qué pasa por la cabeza de un camarero que sale a servir con las mascarilla mal puesta e, incluso, se atreve a silbar haciendo la gracias mientras el resto de las mesas se ríen?
¿Qué pasa por la cabeza de una señora a la que dicen que no puede acceder a la playa y contesta de malas formas?
¿Qué pasa por la cabeza de esa persona que te dice que, si no tienes el covid, se quita la mascarilla y se queda tan tranquila?
¿Qué pasa por la cabeza de esa gente que sigue metiendo los dedos en los platos de aceitunas o golosinas?
¿Qué pasa por la cabeza de esa gente que se toca la mascarilla por fuera y se la baja para rascarse la nariz?
¿Qué pasa con esa gente que piensa que su familia no tiene el covid y, directamente, no se ponen la mascarilla en casa?
¿Compartir vasos? ¿Compartir toallas?
¿Compartir cubiertos?
¿Cortar el pan con la mano?
¿Colocar la mascarilla en la mesa?
¿No lavarse las manos?
Puede que como observadores de lo cotidiano nos demos cuenta de más fallos en los gestos diarios del resto de personas.
También es posible que al ser profesionales socio-sanitarios enfundados en capas protectoras y pantallas a 40 grados en verano nos haya aumentado el nivel de conciencia.
Quizás.
Estos gestos tan rutinarios basados en nuestro aprendizaje ocupacional pasado necesitan modificarse con un nuevo aprendizaje.
Si no existe una verdadera voluntad en modificar estos gestos, nunca se cambiarán, es más, irán a peor, porque directamente nos olvidamos de que el COVID sigue ahí y dejamos de ser conscientes del peligro.
Nuestro cuerpo, por defecto, busca el acto automático. Debemos frenarlo, pensar y modificarlo.
Viendo todo lo que veo, no me extraña que hayamos vuelto e esta situación.
Y, como siempre, pagamos justos por pecadores, sin abrazos, sin viajes y cansados.
 
 

Creer

Establecer una relación terapéutica saludable no es nada fácil. No hay un manual que nos diga los pasos a seguir según el tipo de persona. Porque entonces tendrían que existir tantos manuales como personas. Y eso es imposible. Tampoco es posible que conectes igual con todo el mundo. Porque, aunque lo intentes, en ocasiones, no funciona.
Hay cosas que no dependen de ti. Pero hablemos de las que sí depende de ti.
De ti depende creer en la persona que tienes delante. Hay una alta probabilidad de que esta persona no crea en ella misma. Una persona que viene de un trozo de mundo que desconoces. Un trozo en el que, posiblemente, sin quererlo, haya estado rodeada de situaciones difíciles. Y sobre todo, una persona que no tiene por qué contarte su historia, pero no duda en hacerlo.
Creer en alguien no es difícil.
Puedes motivar desde la construcción, desde la esperanza y desde la compasión.
Puedes mirar con ojos de admiración cuando aparece un logro.
Puedes aprender a ver los pasos pequeños como grandes pasos.
Puedes dejar de ver lo negativo del conjunto y centrarte en lo positivo de algunas unidades.
Envolver a alguien en un entorno de logro, de competencia, de refuerzo y de ilusión es algo que debería ser obligatorio para toda persona que trabaje con personas.
Sólo de esta forma conseguiremos el verdadero cambio.
El cambio que nace de uno mismo.
 
 
 

Escondiendo sonrisas

Pienso en lo diferente que es el estado de mi cuerpo cuando por las mañanas me voy de casa bajando las escaleras y cuando llego a casa subiéndolas. Reconozco que hay días que me da miedo pensar que dejo una parte muy grande de mi en un lugar que no es mi lugar.
“Llegará el día en el no te impliques” me han dicho siempre.
Y así es como busco esa deseada frase en el laberinto de mi mente abriendo puertas que sólo me alejan de ella.
Como si algún día fuera a encontrar un disfraz en el que esconderme para empezar a no sentir. Pero ese día, no llega. Porque entonces, quizá no sería yo.
Y, mientras tanto, una explosión de motivación con ideas, estrategias, técnicas y objetivos revolucionan mi cabeza cada día con el ánimo de pensar que esa energía pueda contagiar a otros. 
Os aseguro que hay días que llego agotada de tanto pensar y me pregunto si ha merecido la pena.
Y me pregunto si alguien se pregunta cómo es trabajar con mascarilla escondiendo grandes sonrisas que se pierden sin llegar a enviar un mensaje. Con la dificultad que esto supone. 
Y me pregunto si el sistema es consciente del esfuerzo. Un sistema que nos ve como números sin apellidos. Un sistema que no valora la implicación, ni coloca una balanza para medir el esfuerzo y el no esfuerzo. Un sistema ciego, basado en la responsabilidad propia, que, a veces no existe. Un sistema que, a pesar del tiempo, no ha aprendido a valorar los medios ni a las personas. 
Me pregunto por qué hay gente sin mascarilla por las calles y qué ha pasado con la conciencia colectiva en la sociedad. Y soy egoísta y pienso que si sigue todo así, quizá no podré hacer lo que quería hacer este año para desconectar.
Pero, claro eso no importa. Aunque quizá para mi sí. Por supuesto, me consuelo pensando que hay cosas peores.
A día de hoy, os aseguro que no he conseguido que todo me de igual. 
Porque creo que ese es el problema: que todo nos de igual.
Y es posible que el problema empiece cuando hay gente que piensa que ese día tiene que llegar.
Quizá ahí está el fallo, pensar en uno mismo más que en el bien común. 
Mientras tanto me seguiré apoyando en lo que me da fuerza.
Esas personas (cientos de personas) que me han acompañado y me acompañan durante mis mañanas (y, a veces mis tardes).
Esas personas que me regalan verdaderas palabras que, en ocasiones se transforman en aplausos.
Esas personas que me hacen pensar que todos mis esfuerzos han tenido un sentido. 
 
 
 
 

Tera ¿Qué?

Esto te suena ¿verdad?
La sociedad lleva años contestando lo mismo. Esto nos devuelve una información importante y quizá sea hora de reflexionar el por qué.

Pienso que en todo esto se implican varios factores. El desconocimiento de las tareas reales de la figura del terapeuta ha pasado a estar algo distorsionado durante años por la propia evolución de la profesión.

Por otro lado es posible que las diferentes especializaciones dentro de la Terapia Ocupacional (Rehabilitación, Geriatría, Salud Mental…y muchas más) hagan muy difícil entender desde fuera nuestro trabajo.
También pienso que lo principal puede ser que los propios terapeutas no sabemos ni hemos sabido transmitir lo que hacemos de una forma sencilla. Esto puede ser debido a la complejidad de la palabra “ocupación” y los posibles clichés asociados con ella, donde prima, en la sociedad, una relación con ocupaciones de ocio y tiempo libre y un desconocimiento de otro tipo de ocupaciones.

Y tú, ¿qué piensas?

A metro y medio de distancia

Estaréis conmigo en que esto ha venido para quedarse. Ayer me llamó la atención cómo un grupo de vecinos tomaban el fresco en un pueblecito por la noche con sus mascarillas y la distancia recomendada entre las sillas de plástico. Sentí alivio de pensar que hay gente responsable.

Nada que ver a la inseguridad que sentimos el otro día mi amiga y yo, cuando vimos a una chica estornudar varias veces sin mascarilla por la calle. Mi amiga se despidió de mí diciéndome que me cambiara de acera, y yo pensé que me quería mucho por decirme eso.

Porque ahora son las palabras las que abrazan en muchas direcciones. Algunas, incluso, tienen que llegar al cielo. Como cuando me llamó mi madre para contarme que Luna ya no estaba con nosotros y mi sobrina de tres años y más de medio me dijo que iba a echarla mucho de menos y que le hubiera gustado despedirse de ella antes de que se fuera de este mundo. Ella no sabe que envió un mensaje al cielo y que sus sabías palabras nos abrazan miles de veces, pero sueño con que algún día lea esto y se ría.
Parece que seguiremos conteniendo nuestras ganas de abrazar y estrujar a quienes queremos, a cambio de usar palabras como muestra de amor, incluso en los momentos más difíciles.

Me sigo preguntando si esto ha cambiado cosas. Que creo que no. Aunque las que somos un poco obsesivas (bueno, un poco…) sí que hemos generado un nuevo protocolo de gestos diarios que se ha integrado como rutina diaria.

Me pregunto si alguien está reflexionando qué tipo de ocio ha fomentado nuestra sociedad, ahora que el ocio nocturno está limitado y la gente no sabe cómo divertirse de otra forma.

Ahora que todos nos hemos dado cuenta de que la felicidad está a metro y medio de distancia en una mesa con nuestra gente, también me pregunto qué he hecho yo tantos años en naves con personas desconocidas ( y sin mascarilla…). Porque tener mucha gente a tu alrededor no te hace más grande ni mejor persona si esa gente no te dice que te cambies de acera porque alguien acaba de estornudar sin mascarilla.