Cuidar

Aprendió a entenderla cuando ya no sabía hablar.
Siempre con una sonrisa para ella.
Aunque por dentro estuviera rota.
De vez en cuando sus lágrimas dejaban ver que le dolía saber que ya no estaba allí.
Pero había inventado un mundo nuevo para que ella pudiera seguir siendo.
Con suavidad.
Con miradas.
Con caricias.
Me contó que sólo reaccionaba cuando ella le decía con un tono un poco más alto: “mamá”.
Y, solo entonces, ella contestaba “¿qué?”
Y, por un momento, parecía  que todo volvía a ser lo que había sido siempre.

Volver

Llevo mucho tiempo sin desnudarme con palabras por aquí. Y no será por cosas que contar.
Muchos cambios han llegado en estos meses y no sólo a través de la maternidad.
Como sabéis, por fin dejé a un lado la vida de ínterina para incorporarme a mi plaza. Cuando salieron los destinos no había nada en mi ciudad y tomamos la decisión de mudarnos a mi pueblo para estar más cerca de mi nuevo trabajo.
Volver, como si eso fuera fácil.
Una vuelve sí, pero vuelve tan diferente.
Calculo que han pasado unos diez años de mi ausencia en la que dejé atrás una vida tras un portazo y empecé a caminar en otro sentido.
Os aseguro que no pensaba volver. Aunque también os digo que ahora las cosas han cambiado.
Digamos que estoy en otro momento, aunque os confieso que si en otra etapa de mi vida hubiera tenido que hacer esto, pues quizá me lo hubiera pensado.
Siento que ahora paseo por mi pueblo de otra forma. Cómo es posible que nunca me haya parado tanto a mirar las casas, las calles, las puertas, las paredes…
Muchos rincones esconden recuerdos de historias que me cuesta traer a la memoria. Como si el tiempo de forma aleatoria hubiera borrado con una goma fragmentos de imágenes que intentan dibujarse.
Hay lugares que no me traen bonitos recuerdos. Quizá por cómo era yo. Quizá por cómo era la gente. Es curioso sentirte así por cosas que ya no existen.
El tiempo que estemos aquí voy a intentar acercar a mi hijo a todas las cosas que me hicieron feliz, como pasear por el pinar de al lado de casa de la abuela o jugar con la arena hasta que los zapatos pesen.
Es lo bueno de los pueblos.
Lo malo es que estoy lejos de gente a la que echo mucho de menos. Y eso cuesta.
Lo cierto es que aquí vamos a sumar tiempo con la abuela y el abuelo. A tenerlos cerca. Que tu madre te pueda traer un tupper lleno de rollos, no tiene precio.
Durante la baja de paternidad me incorpore temporalmente para ver cómo era eso de criar y trabajar. Pf. Creo que nunca he tenido tantas cosas ocupando espacio dentro de mi misma. Ni tanto sueño. Ni tantos fallos mentales. Menos mal que la supervivencia hizo lo suyo para que aquel caos se fuera superando cada dia.
Y mientras valoraba de casa en casa, que es lo que hago ahora, observaba vidas de personas tan diferentes y, a la vez, tan iguales.
Todas cargadas de ese “ser” de mi Mancha profunda con sus rutinas de barrer la puerta de la calle a primera hora, de lavarse por partes, de no querer molestar a familiares y de tener el baño en el patio.
Tras esta experiencia, decidí volver a casa otra vez a seguir con mi pijama y mi alfombra de juego regalando un poco más de tiempo a mi hijo. Eso sí, con unas ojeras que daban miedo.
Cada vez son menos los minutos que faltan para volver a ese caos. Tic Tac.
Y aquí seguimos.
Con nuestra rutina de maletas cada dos por tres para disfrutar de otros lugares. Claro que sí.
Celebrando la vida con buenos vinos, que si una cosa tiene mi pueblo son muy buenos vinos.
Ah y un carnaval para presumir. Por cierto, este año no he tenido dificultad para convencer a la gente para disfrazarse, porque ya iba yo con pareja.
Vale, ya no uso libretas de vida. He tenido que bajarme una app. Porque el tener tiempo , digamos que ha dejado de ¿existir?
La puntualidad no es mi fuerte en este momento y ahora, a parte de mil artilugios cuando salgo, llevo una frutería encima para poder ir a comer a algún sitio (por cierto, hacer el BLW me ha encantado)
El que era nuestro coche ha pasado a un segundo puesto y ahora nos coge todo en el maletero y no parecemos un mercadillo movil ¿Algún día aprenderé a llevar menos cosas?
Hemos hecho una nueva versión de jueves que no está nada mal…porque las cosas buenas de la vida tienen que continuar vayas donde vayas.
Ya podemos decir que a los nueve o más bien casi diez meses empezamos a usar el carro y dejamos la mochila para cosas puntuales (querida Sra. Manduca, has sido lo más útil de mi maternidad, todo lo contrario a la cuna)
En menos de un mes ha pasado un año de aquella sensación de romperme por dentro. Sigo sintiendo que ni mi cuerpo ni mi alma se han recuperado de tanta intensidad. Como si todo esto no fuera verdad. Como si alguien le hubiera dado al botón de reproducir más rápido en mi vida.
Lo miro, me miró, nos miro y pienso, ¿cuando ha pasado todo esto?
Pues ni idea. Pero lo importante es que ha pasado.H

asta la próxima.

Espero no tardar casi un año en escribir otra vez.
Sandra.